Despedida en el huerto

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Cuando las últimas cajas se apilaron en el camión, el sol de agosto ya se ocultaba tras las colinas que rodeaban el Huerto de Los Nogales. Lena había trabajado allí todos los veranos desde los dieciséis años, pero aquella sería su última jornada. Había aceptado una plaza en la universidad de Salamanca y sabía que no volvería el año siguiente. El dueño, don Ramiro, le había estrechado la mano esa mañana y le había dicho que la echarían de menos; su esposa incluso había preparado una tarta de limón para la ocasión. Sin embargo, el ambiente se notaba extrañamente apagado, como si todos comprendieran que los finales resultan más llevaderos cuando se dejan sin palabras.

Lena había pasado la tarde recolectando las últimas manzanas de temporada tardía, con los brazos doloridos por el movimiento repetitivo al que se había acostumbrado durante las ocho semanas anteriores. A las cuatro y media se detuvo a observar un par de golondrinas que volaban bajo sobre las hileras, una imagen que le recordó el primer día en que llegó nerviosa e insegura. Entonces había dejado caer dos cestas llenas, magullando la fruta y recibiendo una suave reprimenda del capataz. Ahora llenaba una caja en menos de diez minutos sin cometer ni un solo error.

Poco antes de las cinco, los demás trabajadores temporales se reunieron junto al viejo granero de piedra. Tomás, que había conducido el tractor todo el verano, sacó una botella de sidra casera que guardaba desde hacía tiempo. Repartieron vasos de plástico mientras la luz se volvía dorada. Lena escuchó cómo sus compañeros intercambiaban anécdotas del verano: el día en que reventó la tubería de riego, la tarde en que un turista intentó trepar al árbol más alto y la mañana en que el granizo amenazó toda la cosecha. Se dio cuenta de que probablemente no volvería a ver a la mayoría de ellos.

Cuando los vasos quedaron vacíos, don Ramiro apareció con la tarta de limón. Les agradeció el esfuerzo y comentó que el huerto había tenido suerte de contar con un equipo tan entregado. Lena sintió un nudo repentino en la garganta; no esperaba encariñarse tanto con un trabajo temporal. Mientras ayudaba a cargar las últimas cajas en el camión a las seis y cuarto, se preguntó si los nuevos estudiantes de Salamanca llegarían a comprender alguna vez lo que significaba estar entre los árboles al atardecer, con el aroma de la fruta madura flotando en el aire.

Más tarde, mientras pedaleaba hacia casa por el camino conocido, Lena miró atrás una sola vez. Las luces del huerto se habían encendido y brillaban suavemente contra el crepúsculo cada vez más oscuro. Había aprendido allí más de lo que imaginaba: paciencia, la satisfacción del trabajo físico y la serena tristeza que llega cuando algo bueno llega a su fin natural. Mañana empezaría a preparar las maletas para la universidad, pero esa noche el sabor de la tarta de limón y el recuerdo de la sidra compartida la acompañaron durante todo el trayecto a casa.

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1¿Cuánto tiempo había trabajado Lena en el huerto antes de su último día?
2¿A qué hora se detuvo Lena a observar las golondrinas?
3¿Quién sacó la botella de sidra casera?
4¿A qué hora terminaron los trabajadores de cargar las últimas cajas?
5¿Qué había preparado la esposa de don Ramiro para la última jornada de Lena?

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